March 5, 2015
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Puede que sea absurdo, pero aún no me he animado a decir que el fútbol sea un deporte maravilloso, y por supuesto que lo es. Los goles tienen el valor de lo raro, sin punto de comparación por ejemplo con las canastas en baloncesto, las carreras en béisbol, los sets en tenis, y siempre quedará el suspense y la emoción de ver a alguien cuando consigue hacer algo que sólo se suele hacer tres, cuatro veces a lo sumo en todo un partido si tienes suerte, y si no, ni una. Me encanta el ritmo que tiene, la inexistencia de fórmulas preconcebidas; me encanta cómo pueden los bajos con los altos, los enclenques con los fuertes, cosa que no ocurre en ningún otro deporte de contacto; me encanta que el mejor equipo no siempre sea el que gana.

Tiene lo mejor del atletismo ; es sensacional la forma en que combina la fuerza con la inteligencia. Permite que los jugadores parezcan realmente estéticos, y lo hace de una forma que en casi todos los deportes resultaría imposible: un cabezazo en plancha perfectamente coordinado, una volea perfectamente conectada, permiten que el cuerpo alcance una postura y una elegancia que muchos deportistas jamás podrían exhibir. Pero eso no es todo. Durante partidos como el de la semifinal contra el Everton, aunque es cierto que las noches como aquélla escasean mucho, se tiene la muy poderosa sensación de estar exactamente en el lugar adecuado y a la hora precisa.

Cuando estoy en Highbury en una noche de las grandes, o en Wembley, cómo no, en una tarde más grande aún, tengo la sensación de estar en el centro del universo. ¿En qué otra situación puede sentirse uno así? Puede que cuando tengas una entrada estupenda para la noche del estreno de un nuevo espectáculo de Andrew Lloyd Webber, aunque en el fondo sabes que ese espectáculo va a estar en cartel durante años y años, así que después tendrás que decir a todo el mundo que tú lo viste antes que cualquier otro, cosa que no resulta nada atinada, por no decir que suele estropear por completo el efecto.

Puede, si no, que te ocurriese cuando viste a los Stones en Wembley, aunque hasta una cosa así se repite hoy en día con bastante frecuencia, por lo cual carece del impacto tremendo y único que tiene un partido de fútbol. No es una noticia, en el sentido en que una semifinal Arsenal-Everton puede ser noticia: al ver el periódico del día siguiente, da lo mismo qué periódico lea cada uno, encontrará que se ha dedicado un amplio espacio a relatar la noche que uno vivió el día anterior, la noche a la que tanto contribuyó por el mero hecho de estar allí y de gritar a voz en cuello. Esto es algo que no se encuentra jamás fuera de un campo de fútbol. En todo el país, no es posible estar en ningún otro lugar y sentirse como si uno estuviera realmente en el centro de todo.

Da lo mismo a qué discoteca vayas, a qué función teatral, a qué película, a qué concierto, a qué restaurante: la vida habrá seguido en marcha en otra parte, sin tener en cuenta nuestra ausencia, tal como siempre sucede. En cambio, cuando estoy en Highbury en un partido como éste, tengo la sensación de que el resto del mundo se ha parado, de que está congregado a las puertas del estadio, en espera de saber cuál ha sido el resultado.

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— Nick Hornby, Fiebre en las gradas.

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